Nuestra historia
Teníamos cerca de 8 años juntos cuando mi esposa y yo decidimos buscar ayuda médica especializada, ya que por nuestros propios medios no lográbamos formar una familia. A través del consejo de un familiar pudimos contactar al Dr. Jerónimo Amado, quien nos transmitió total confianza, seguridad y transparencia desde la primera consulta.
El doctor realizó las evaluaciones correspondientes y dio con la causa exacta de nuestro problema. Fue en ese momento cuando supimos que debíamos seguir un tratamiento de reproducción asistida de alta complejidad para cumplir nuestro deseo más grande: ser padres.
El camino no siempre es fácil; exige mucha paciencia, fortaleza emocional y constancia. En nuestro caso, el Dr. Amado y sus colaboradores fueron un pilar fundamental: nos brindaron un apoyo incondicional en cada etapa para no darnos por vencidos y seguir adelante con fe.
Vivimos todo el proceso: la toma de muestras, la extracción de óvulos y la esperada confirmación de los embriones fecundados. Es un camino con momentos de incertidumbre, pero comprendimos que así es este proceso y que la clave está en perseverar. Nosotros no nos rendimos y, de la mano del Dr. Amado, logramos el milagro de convertirnos en padres.
A todas las parejas que están por iniciar este camino o que ya se encuentran en él, les decimos de corazón: tengan mucha fuerza, confíen plenamente en el doctor y jamás bajen los brazos. El resultado es, sin duda, lo más hermoso que les podrá pasar en la vida.
El proceso
Años de búsqueda sin éxito
Tras casi 8 años juntos intentando formar una familia sin lograrlo, decidimos acudir con el Dr. Amado por recomendación de un familiar.
Diagnóstico integral y confianza
El doctor evaluó nuestro caso a fondo y detectó con precisión el origen del problema, brindándonos seguridad desde el primer día.
Tratamiento de FIV y acompañamiento
Avanzamos con la toma de muestras, extracción y cultivo embrionario, respaldados en todo momento por la calidez del doctor y su equipo.
El ansiado positivo
La perseverancia dio su mayor fruto: logramos el embarazo y la dicha incomparable de abrazar a nuestro bebé.